
Imperios invisibles: cómo el poder se asienta sobre las fibras del pensamiento
Hay imperios que no necesitan levantar muros ni invadir territorios con ejércitos visibles. Su fuerza no reside en el estruendo de las armas, sino en la arquitectura sutil de las ideas. Como sostenía Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975), los sistemas de control más eficaces no son aquellos que se imponen a la fuerza, sino los que logran instalarse en la mente, en los hábitos, en la vida cotidiana.
En su célebre análisis del nacimiento de la prisión, Foucault describe cómo las sociedades modernas pasaron del castigo público y espectacular —como el suplicio del regicida Damiens en 1757— a un poder más discreto, difuso y constante. Un poder que no sólo vigila, sino que forma, ordena y moldea a los sujetos.
Este poder disciplinario se apoya en técnicas precisas: la distribución espacial (clausura, celdas, jerarquías), la organización temporal (horarios, rutinas, pruebas) y la serialización de los cuerpos en función de su utilidad. No se trata simplemente de controlar, sino de fabricar subjetividades útiles y obedientes. En palabras del propio Foucault, “la disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo en términos de utilidad, y las disminuye en términos de obediencia”.
El poder que no se ve… pero se siente
Estas técnicas no se aplican solo en cárceles o cuarteles. Hoy las encontramos en escuelas, hospitales, fábricas y, por supuesto, en los medios de comunicación y en las redes digitales. Pero también —y esto es crucial— en el modo en que las grandes potencias configuran el mundo.
Las acciones militares, diplomáticas o económicas que ciertos países despliegan no pueden entenderse aisladamente. Están precedidas —y sostenidas— por una infraestructura simbólica y discursiva que justifica, orienta y legitima su intervención. Como decía Joseph Michel Antoine Servan, citado por Foucault, “un déspota imbécil puede atar con cadenas de hierro; pero un verdadero político ata con cadenas de ideas”.
Así, las grandes potencias no solo operan con fuerza material, sino con poder simbólico. Controlan narrativas, definen amenazas, trazan mapas mentales. Una captura, una operación internacional, o una sanción económica pueden presentarse como “necesarias” o “inevitables” porque previamente se ha cultivado un imaginario donde ciertos líderes, países o ideologías son definidos como “enemigos del orden mundial”.
Entre el discurso y la acción
No es necesario nombrar directamente a ninguna potencia para comprender este fenómeno. Basta observar cómo, a lo largo de la historia, las naciones con mayor capacidad tecnológica y militar han recurrido al control del relato para consolidar su hegemonía. No se trata de una conspiración, sino de una estrategia: construir un orden global basado en la producción de consenso, más que en la mera imposición.
El ejemplo del discurso del General De Gaulle, citado por Román (2020), es revelador. Su alocución radial del 22 de junio de 1940 fue una herramienta más poderosa que cualquier tanque. Fue un dispositivo simbólico que reorganizó la percepción colectiva de los franceses: de derrotados a resistentes. En ese gesto, De Gaulle se anticipó a lo que Foucault luego desarrollaría con brillantez: el poder no se reduce a reprimir, también produce.
Cuando lo simbólico es más fuerte que lo bélico
Como explica Román en su artículo La disciplina en Foucault y como sobre las flojas fibras del cerebro se asientan los Imperios más sólidos (2020), los imperios más duraderos no se construyen sólo con acero y cemento, sino con narrativas, con símbolos, con vínculos invisibles que nos atan a ciertas ideas, que creemos nuestras pero han sido cuidadosamente sembradas.
Las grandes potencias, entonces, no solo actúan, sino que educan la mirada del mundo. Determinan lo que debe ser temido, lo que debe ser admirado, lo que debe ser salvado. De ahí la importancia de desarrollar una conciencia crítica que nos permita ver —y hacernos preguntas— más allá del titular, del eslogan, de la versión oficial.
Comprender cómo se ejerce el poder en la actualidad requiere, como propuso Foucault, mirar no solo quién lo detenta, sino cómo lo ejerce, cómo lo legitima, cómo lo instala en nuestras formas de pensar. Porque, a veces, la más sólida de las cárceles no tiene barrotes, sino conceptos. Y en esa prisión simbólica, no se encierra a los cuerpos, sino a las posibilidades de imaginar otros mundos posibles.
Referencias
- Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: el nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI.
- Román, A. M. (2020). La disciplina en Foucault y como sobre las flojas fibras del cerebro se asientan los Imperios más sólidos. https://antonioroman.info/la-disciplina-en-foucault-y-como-sobre-las-flojas-fibras-del-cerebro-se-asienta-los-imperios-mas-solidos/
- El discurso radiofónico que convirtió a De Gaulle en un líder. (2020). https://www.ersilias.com/discurso-del-general-de-gaulle-pronunciado-el-22-de-junio-de-1940-en-la-radio-de-londres-bbc/
Memoria y resistencia bibliotecaria
También te puede interesar

El acceso a la información científica y académica
4 marzo, 2026
Loros de silicio: el costo real de la inteligencia artificial
4 marzo, 2026