Opinión

“Nos regalaron el veneno”: la ilusión de lo gratuito

Cada correo en Gmail, cada búsqueda, cada “me gusta”, cada palabra dictada al micrófono o foto subida al Drive alimenta a una bestia que nunca duerme. No necesita espiarte: tú mismo la alimentas cada día, voluntariamente. Esa bestia ya no solo predice lo que harás: lo provoca. Sabe qué te enoja, qué te calma, qué te hace comprar, qué te hace creer. Y lo usa. Sin pedirte permiso.

No fue un secuestro; fue algo más elegante: una adicción. Nos hicieron creer que el correo gratuito era libertad, cuando en realidad fue la puerta de entrada a la vigilancia total. Ahora vivimos dentro del sistema, y salir sería como renunciar a la electricidad o al agua potable. Todo —trabajo, educación, amor, salud, fe— pasa por ahí.

La inteligencia artificial no llegó para sustituirnos: llegó para administrarnos. Nos ofrece eficiencia mientras nos quita autonomía. Nos promete conocimiento mientras decide qué conocer. Y mientras decimos “qué maravilla”, las máquinas aprenden, los datos fluyen, y el control se vuelve irreversible.

Lo gratuito fue el disfraz perfecto; el negocio no eras tú: eras la materia prima.

Aún hay una salida, pero no será cómoda; no basta con “usar menos” o “tener cuidado”. Hay que incomodar, exigir, educar, desenmascarar. Porque si no lo hacemos ahora, pronto no recordaremos cómo era pensar sin que una máquina completara la frase.

Gracias por leerme. Mi intención no es asustarte, aunque debería. Es recordarte que lo gratuito no existe… y que ya no estamos usando la tecnología: ella nos está usando a nosotros. La I.A. no te esclaviza… si activas tu I.H.