Editorial

Preservar y disputar: entre el orden de los datos y el desorden del mundo

¿Quién controla los datos con que aprendemos y que se aprenden sobre nosotros mismos? ¿Qué significa abrir el patrimonio cultural cuando quienes tienen poder para explotarlo son los mismos que lo extraen sin pedir permiso? ¿Puede la profesión bibliotecaria asumir un rol crítico en este escenario, o seguirá llegando tarde? Estas preguntas atraviesan de manera transversal los diez textos reunidos en esta entrega.

Pulso nació para ocuparse de los temas y debates de nuestra época desde la mirada bibliotecaria, pero también invitando a trabajadores de la cultura y el conocimiento que no siempre se reconocen en ese rótulo: editores, libreros, archivistas, docentes, gestores culturales. Este número es una muestra clara de esa vocación: sus páginas cruzan la sala de clases universitaria con la feria de libros de Frankfurt, el algoritmo de una plataforma editorial con las ruinas de la Biblioteca Omari en Gaza, la escuela de libreros bonaerense con los fondos documentales de las Madres de Plaza de Mayo. Lo que une esos mundos no es una disciplina sino una pregunta política: ¿quién decide qué se guarda, qué se abre, qué se destruye y a quién le pertenece lo que circula?

Empecemos por un par que, a primera vista, parece ocuparse de cosas distintas. Mariana Landau analiza en su investigación las prácticas pedagógicas de toma de notas en la educación superior y propone un recorrido que va desde el apunte individual hasta la publicación en repositorios institucionales como acto de soberanía cognitiva. Lescano Borrego, desde la experiencia en bibliotecas universitarias, llega a un diagnóstico complementario y más sombrío: esa soberanía ya fue cedida, porque la relación entre las bibliotecas y las grandes editoriales digitales se ha vuelto tan asimétrica que merece el nombre de tecnofeudalismo. Las licencias reemplazaron a la propiedad, los algoritmos a las leyes, y cada clic de un usuario en una plataforma comercial es un tributo que la institución paga, a veces sin saberlo. Juntos, estos dos textos formulan una pregunta que el número no cierra pero que conviene no esquivar: ¿puede diseñarse soberanía cognitiva en el aula mientras la infraestructura que la sostiene sigue siendo feudal?

Un segundo par enfrenta dos formas de entender la profesionalización. Carolina Salazar estudia las ferias internacionales del libro de Frankfurt y Buenos Aires, como rituales de profesionalización, y muestra que en esos espacios no solo se transmite conocimiento sino también jerarquía: las relaciones de dominación entre centros y periferias se reproducen en el modo en que las bibliotecas populares acceden a la FILBA, en el modo en que la feria argentina orbita alrededor de la alemana, en el modo en que el polo simbólico siempre negocia desde una posición más débil que el polo económico. La crónica de Juliana Escobar sobre la Escuela de Libreros y Libreras del Instituto Cultural bonaerense propone, por contraste, una escala más modesta y más territorializada: hace una crónica de cuatro encuentros virtuales, más de 3.500 participantes en ediciones anteriores, libreros de municipios que rara vez llegan a Frankfurt pero que sostienen cotidianamente la cadena del libro en sus comunidades. Lo que estos textos ponen en tensión no es solo quién puede acceder a la formación, sino qué tipo de formación construye agencia real para quienes están en los márgenes del campo.

El ensayo de Octavio Ugalde Rodríguez documenta la destrucción sistemática de bibliotecas, archivos y museos en Palestina como estrategia bélica deliberada. Más de 17 bibliotecas, 10 museos y 2 archivos centrales devastados entre 2023 y 2024; bibliotecarios y archivistas que perdieron la vida junto con las colecciones que custodiaban. La biblioclastia (la destrucción intencional del patrimonio documental) no es daño colateral: es el reconocimiento, desde el poder que destruye, de que los registros de la memoria de un pueblo son una amenaza. La noticia de María Emilia sobre el proyecto BiblioMemorias de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora lo confirma desde el otro lado: catalogar los libros prohibidos por la última dictadura, construir un catálogo online para ponerlos a disposición pública, es participar activamente en la disputa por el relato del pasado. Lo que une a Gaza y a las madres no es la escala ni las condiciones, que son inconmensurables, sino la misma convicción: que preservar el registro de lo que ocurrió es ya una forma de resistencia.

Otros textos dialogan sobre las inteligencias artificiales, pero desde ángulos que no se superponen. Moyano propone entender la IA generativa no como herramienta sino como habilidad: algo que se desarrolla con práctica, que reconfigura a quien la ejerce y que no puede tratarse como instrumento neutro. Apoyado en la tesis de la mente extendida de Clark y Chalmers, argumenta que el editor científico que usa IA sin comprensión crítica no delegó una tarea sino que distribuyó cognitivamente una responsabilidad de la que no puede ausentarse. Segura, desde la experiencia como proveedor de servicios de información para bibliotecas universitarias, comparte el diagnóstico disruptivo pero lo matiza con una mirada histórica: los bibliotecarios ya atravesaron transformaciones de este tipo (como la indexación, las bases de datos, la web) y en cada caso encontraron modos de sostener su función. La IA no desplaza esa función; la reencuadra. Lo que los dos textos dejan abierto, y que Gaviña formula con más crudeza, es si la velocidad de esta transformación deja tiempo para ese reacomodamiento.

Una nota personal: quien firma este editorial también participa en el número con un ensayo sobre patrimonio digital, dominio público e inteligencia artificial desde las bibliotecas latinoamericanas. Sobre ese texto no hace falta decir mucho más aquí, salvo que fue escrito desde el mismo lugar desde el que se edita esta revista: la convicción de que no hay forma de pensar estos problemas sin situarse, sin asumir desde dónde uno habla y qué intereses defiende.

Por último el texto de Gaviña a lo mejor dialoga un poco con los anteriores. Su argumento es el más incómodo del número: la profesión identifica cambios con anticipación y llega demasiado tarde a cada uno. Lo hizo con la automatización, con la web, con las redes sociales. La IA generativa es otra oportunidad del mismo tipo, pero esta vez, sostiene, el margen para la inercia se agotó. Los planes de estudio que abordan la tecnología de manera fragmentaria, la resistencia institucional a revisar currículos, la distancia entre lo que los usuarios hacen con estas herramientas y lo que los profesionales pueden acompañar: todo eso acumula una deuda que ya no puede diferirse. El diagnóstico del autor funciona como una nota al pie incómoda para todos los demás textos del número: no basta con saber qué hay que hacer si las condiciones para hacerlo no se construyen deliberadamente.

Eso es, en el fondo, lo que este número propone como postura colectiva. En un momento en que las decisiones sobre los datos, el patrimonio, la información y el conocimiento se toman cada vez más lejos de quienes trabajamos con ellos todos los días, en ámbitos como salas de servidores, en consejos de administración de grandes corporaciones tecnológicas, en negociaciones de derechos que no incluyen a las bibliotecas como actores sino como usuarios, resulta imprescindible que quienes habitamos la “galaxia de la información” nos reconozcamos como sujetos políticos. Bibliotecarios, archivistas, libreros, editores, museólogos, docentes: todos quienes sostenemos cotidianamente los circuitos del conocimiento tenemos no solo un saber técnico sobre estos procesos sino también un compromiso y una responsabilidad. El compromiso de entender lo que está en juego. Y la responsabilidad de disputar, con ese conocimiento, los espacios donde se toman las decisiones que nos afectan a nosotros y a las comunidades que servimos. Pulso existe para que esa disputa tenga palabras.

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