Opinión

Bibliotecas universitarias, inteligencia artificial y entorno digital

Hace un par de meses, gracias a la invitación del equipo de biblioteca de la Universidad Técnica del Norte (Ibarra, Ecuador), participé en un panel dónde reflexionamos a partir de la siguiente pregunta: ¿cómo ha evolucionado el bibliotecario universitario en la era digital? Aprovechando la oportunidad, me gustaría compartir por este medio algunas meditaciones al respecto:

En primer lugar, el término “evolución” me refiere a la imagen del simio que se transforma paulatinamente en hombre con el paso de los años (lo siento, tengo muy enquistados mis prejuicios). Al parecer, la evolución es un hecho biológico científicamente comprobado, y quizá también sea un hecho de que el entorno tecnológico y la actividad práctica influyeron en la transformación del mono en hombre. Punto y aparte cuando contrastamos la evolución biológica con la evolución profesional, sobre todo cuando hablamos en términos de temporalidad. Las universidades y su desarrollo institucional son un fenómeno relativamente reciente.

Lo que sí me queda claro es el hecho de que los bibliotecarios no evolucionaron en sentido biológico (por ejemplo, desarrollar agudeza auditiva para percibir los tenues murmullos del usuario y solicitar que guarde silencio), pero sí en sentido práctico, sobre todo para resolver problemáticas relacionadas con el acceso, uso y gestión de la información.

Hace algunos años me enteré de una historia interesante sobre un estudiante de Yale, William Frederick Poole, que desarrolló un índice temático para dinamizar el uso de la colección hemerográfica de la biblioteca. Poole notó que las revistas no se consultaban porque era necesario revisar sus tablas de contenido, una por una. La solución, una herramienta que dio nacimiento a una industria cuyo nombre en inglés es Indexing & Abstracting. El desarrollo los índices como herramientas de recuperación de información, una innovación del siglo XIX, es el antecedente de las bases de datos referenciales y sus fenómenos epigonales que presumen ser full-text, pero además, son parte de la razón por la cual tipos como yo tienen un empleo en la actualidad. 

Esa es una historia, pero recuerdo otra, que incluso se aloja en el terreno de lo anecdótico. Uno de mis mejores amigos es doctor en Filosofía de la Ciencia. Cierto día me consultó sobre la obligación de todo investigador de realizar un estado del arte como fase inicial del proceso de investigación: “Charles Darwin no hizo un estado del arte”, me comentó. En el siglo XIX, los científicos ya usaban las revistas como medio de comunicación y espacio de discusión de sus propuestas, pero no existían los recursos técnicos que simplificaran la revisión de la literatura existente, ni elementos suficientes para justificar su incorporación obligatoria en los protocolos de investigación.

Ahora creo que la inquietud que mi buen amigo planteó, casi como una duda existencial, en realidad era pereza. Por otro lado, ¡bendito siglo XIX! ¡Éramos felices y no lo sabíamos! Tal vez Darwin hubiera perdido tiempo valioso en discriminar volúmenes inabarcables de literatura científica relacionada con su tema. Es más, no hubiera tenido la posibilidad de plantear una obra monumental que diera respuesta a preguntas de alcance existencial, ya que se hubiera limitado a confirmar la presencia de una especie endémica de las Islas Galápagos, publicar sus resultados en una revista rankeada en Q1 y cumplir con indicadores de productividad. Al fin y al cabo, el instinto de supervivencia se sigue imponiendo. 

Lo anterior me permite meditar lo siguiente: el desarrollo y la transformación del bibliotecario universitario van de la mano con las dinámicas de las actividades sustantivas de la universidad, que continúan siendo la docencia y la investigación. Cuando inscribimos los ejemplos anteriores en un entorno digital, en esencia seguimos hablando de lo mismo: contenidos (libros, revistas, actas, incluso multimedia, sean analógicos o digitales siguen compartiendo la misma estructura), producción y comunicación científicas (índices, bases de datos referenciales, bibliometría), formación de usuarios (instrucción, alfabetización mediática, alfabetización informacional). Esto no significa que no existan cambios sustanciales, de ahí la necesidad de encontrar soluciones creativas a las problemáticas propias del quehacer bibliotecario en la actualidad: apertura en los procesos de producción y comunicación científica, iniciativas de soberanía digital, alfabetización para uso de datos, gestión de proyectos editoriales, entre otras.

Ahora bien, existe un actor que perturba toda esta armonía, tan confortable en apariencia: la inteligencia artificial, un elemento verdaderamente disruptivo. Esto no significa que los algoritmos que toman decisiones sin supervisión humana sean potencialmente peligrosos, sino que su calidad de agentes ya no permite reducirlos a un ámbito estrictamente instrumental, por lo que las soluciones basadas en estas tecnologías implican no solo una postura profesional, sino también ética e incluso existencial. Lo que es definitivo, y desde hace ya varios años es un hecho, es que el bibliotecario universitario, lejos de la referencia etimológica que da nombre a su profesión, ya no puede limitarse únicamente al entorno de los libros, ya sean estos físicos o digitales.

La integración vertiginosa de la IA generativa nos obliga a replantear nuestra forma de trabajo, ya que llegó a tambalear e incluso a resquebrajar nuestros paradigmas. El uso de los contenidos textuales tenía sentido en un contexto que valoraba las capacidades de atención, la comprensión lectora y la concentración. Dichas habilidades se siguen valorando, y mucho, ya que medimos la inteligencia mediante constructos formulados durante el siglo XX.

Frente a este escenario, ¿cuál es el uso real de los contenidos de nuestra biblioteca? ¿Nuestros servicios resuelven las necesidades del usuario? ¿Somos víctimas de la coyuntura generacional? ¿Los métodos y las estrategias de enseñanza encajan con esta realidad? Hay quien dice que la IA nos va a desplazar, incluso se formula una frase más trillada todavía que afirma que la IA solo desplazará a quien no sepa usarla. El futuro ya nos alcanzó, pero toda crisis representa una oportunidad, por eso aún queda mucho, muchísimo trabajo por hacer.

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